domingo, 31 de mayo de 2009

HACIENDO LO QUE DEBO HACER, PRIORIDADES.

Estoy convencida de que cada uno de nosotros que formamos parte de la familia de Dios tiene un plan y una tarea específica que cumplir mientras estemos en esta Tierra. No importa la edad que tengamos, posición económica, logros, familia de la que procedamos o metas que nos trazamos; todos somos ministros con capacidades, ya sea dones o talentos necesarios para desempeñar las funciones propias que nos competen como representantes de Cristo. Es un trabajo trascendente, porque los frutos que cosechemos serán tanto para el día de hoy como para la eternidad. Bien vale la pena considerar que desde que fuimos llamados aparte; es decir, escogidos por Dios, nuestra vida dejó de pertenecernos para ser utilizada por el Señor de Señores. ¡Que privilegio!(Hch 20:24)

Creo que uno de los errores más grandes que cometemos estando en este Camino, es pensar que Dios tiene solamente un plan para nuestra vida, y mientras ese "gran y único" plan se cumpla, solo hay que estar quieta y reposadamente o en el peor de los casos, impacientemente quejarnos delante de Dios para que se llegue el día, no puede ser así.  Si no empezamos a dar pasos nunca llegaremos a lo que El Señor nos ha preparado, si no nos ejercitamos y por el contrario escondemos lo que Dios nos ha regalado, jamás disfrutaremos la plenitud a la que hemos sido destinados.
Nuestro propósito en esta vida debe cumplirse día a día, paso a paso, con la firme convicción de que hoy estamos más cerca que ayer de recibir el galardón. De modo que podamos decir "He peleado la buena batalla, he terminado la carrera, me he mantenido en la fe". (2Ti 4:7)

Ahora bien, las buenas intenciones nunca han hecho que salgamos adelante, se necesita esfuerzo, acción, perseverancia  (Jos 1:9) Que marquemos diferencia y Cristo se vea en nuestras decisiones es lo más importante, obedecerle a El y rendirnos constantemente nos prepara para tener éxito en la ejecución de su obra.
La Palabra nos define como ministros y no de la letra, sino del Espíritu; somos servidores de un pacto nuevo (2º Co 3:5-6), con promesas y recursos espirituales a nuestra disposición si los buscamos, todo con el propósito de que podamos ir y hacer lo que Dios nos encomendó: Dar buenas nuevas a los pobres, sanar a los quebrantados de corazón , dar vista a los ciegos, consolar...  (Is 61:1-3; Luc 4:18-19)
Ya que este trabajo no tiene nada de humano es preciso equiparse(2ª Tim 1:6; Heb 10:25; Ef 6:10-18) debemos saber que tendremos batallas que librar, hay oposición constante, pero descansamos y avanzamos en esta promesa: Ni las puertas del infierno prevalecerán en contra de la Iglesia!

¿Cuál es el propósito que Dios quiere cumplir en tí hoy?







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